Resonancia
Dos mentes. Un mismo pulso.
A la gente le da rabia que alguien sea capaz de ver y admitir que hay algo que se le da tremendamente bien. Es como si tuvieras que bajar la cabeza, obviar tus cualidades. Como si tuvieras que hacerte de menos para que los demás no se sintieran inferiores.
Pero también existe el rechazo cuando no eres capaz de ver tus propios dones, como si eso supusiera un insulto para quienes se esfuerzan y no lo tienen «tan fácil» como tú.
Quizá quien lea esto se identifique con una de esas dos posturas. Me pregunto cuál será. O, por el contrario, si será alguien capaz de celebrar las cualidades de los demás, quedarse con la historia que hay detrás de este post.
Fue a los quince cuando la magia chisporroteó sobre nuestras jóvenes y demacradas cabezas.
No fue nada del otro mundo. Incluso podría decirse que fue muy random y, sin embargo, dejó una huella irreversible en nuestras almas.
Dejadme poner un poco de contexto desde mi punto de vista.
Así, muy por encima.
Desde niña siempre había poseído una mente tremendamente hiperactiva y extremadamente creativa. Mis pensamientos eran muchísimo más rápidos que mis dedos. Me frustraba no poder vomitar sobre el papel todo aquello que pasaba por mi cabeza a la misma velocidad con la que aquella «película» desenfrenada se proyectaba detrás de mis ojos. Todo era caos.
Bueno…
Siempre ha habido un orden meticuloso dentro de ese caos.
Dibujaba y escribía hasta en las esquinas. De un pequeño concepto lograba sacar miles y miles de posibilidades en un momento.
Con apenas seis años gané un premio de dibujo en mi ciudad. Les preguntaron a mis padres si me habían ayudado. Sorprendidos, respondieron que simplemente me habían dejado dibujar.
En la escuela primaria me trataban de retrasada —mis signos de neurodivergencia eran mucho más claros; el masking aparecería poco después—. Cada vez que escribía, me cuestionaban, decían que era imposible que pudiese escribir tan bien siendo una «mocosa». Con el tiempo, gané pequeños premios de literatura.
Ah, y alguien me robó un guión con el que ganó un concurso en el Salón del Manga. Fue un compañero de clase en el bachillerato artístico. Inocente, le enseñé mis escritos, mis ideas, incluso tenía guiones. Cuando me enteré, tuve que irle detrás para que, por lo menos, me taggeara en DeviantArt.
Por encima del dinero y los aplausos que ganó con ello, lo que más me dolió fue que arrancasen una parte de mí para su beneficio. Así, sin más.
Compartir mis mundos siempre había sido algo muy personal, algo que únicamente había podido hacer de forma verbal. Reunirse en algún sitio, empezar con el «tú me hablas de tus historias y yo de las mías»… Lo típico, ¿no?
Desde toda la vida he sentido curiosidad por la creatividad de los demás, hundirme en los mundos ajenos, compartirme pasión, sentir lo que sienten al amar lo que hacen. Pero si algo me ha echado atrás siempre ha sido el plagio —no, inspirarse en una obra no entra aquí— y también la superficialidad, la carencia de «sustancia». Ese «quiero y no puedo; y, por eso, necesito lo que otros crearon, ponerle un sombrerito nuevo y decir que es mío». Porque, al final, siempre acaba notándose. Nunca deja de ser una quimera sin alma propia.
Y un día, en el instituto, una alumna de un curso superior me presentó el concepto del rol por escrito. Ya conocía el rol de sobremesa gracias a mi hermano mayor, quien me invitaba a jugar con él y sus amigos. Y si bien el rol escrito no era algo nuevo por aquel entonces, no estaba tan extendido como hoy en día. Todo era muy primitivo todavía; muchas de las historias eran demasiado simples, demasiado predecibles, de manual… y los personajes carecían de un alma propia.
Self-inserts, copias de tramas populares o impopulares (para los edgies de aquella época), roles creados únicamente para cumplir una fantasía… Nada de aquello nacía con la intención de crear un mundo y darle vida. Era todo tremendamente plano y superficial; un simple intercambio de favores. Masajes de ego para algunos usuarios con los PB (la imagen que representa a los personajes) más populares y, cómo no, también para los más hornies. Ah, sí. Uno tenía que navegar entre un mar de posts +18 para encontrar algo mínimamente decente.
Pero, seamos sinceros, yo tampoco era precisamente la creativa más seria del mercado, ni mucho menos alguien inflexible. Mis primeros roles me los tomaba a cachondeo, para sacar unas risas. Tardé años en descubrir que lo que de verdad quería, lo que buscaba y no encontraba, era algo más.
De hecho, nunca me había negado a probar cualquier tipo de rol. Mis favoritos eran aquellos cargados de humor, incluso de surrealismo. Y, al mismo tiempo, amaba aquellos que lograban remover emociones. Amaba —y sigo amando— todo tipo de tramas.
Sin embargo, había un problema: todo era entretenido… al principio. Hasta que acababa convirtiéndose en el día de la marmota. Veía los patrones repetirse una y otra vez y, desgraciadamente, empezaba a ver en la personalidad del personaje —e incluso de los personajes— la del propio usuario.
Y aquello me bloqueaba.
Soy neurodivergente y, sin querer, veo patrones en todo lo que me rodea. Y, entre ese mar de patrones, admiro, por encima de todo, a aquellas personas capaces de rasgar los suyos para generar algo completamente diferente, algo que no encaja con ellas. Personas capaces de salir de su propio molde sin miedo.
No hablo del estilo. No hablo de los gustos. Hablo de generar un alma completamente distinta, de adaptarse y crear cualquier tipo de mundo sin que sea igual al anterior. Y, al mismo tiempo, saber que siguen siendo ellas; que, simplemente, son capaces de mudar la piel con cada pieza que crean.
Volviendo a ese fenómeno del que estuve hablando un tocho atrás, se entiende por qué fue algo tan mundano para otros y, sin embargo, tan extraordinario para nosotras. Fue una casualidad tan improbable que perfectamente podría no haber ocurrido.
Por primera vez, mis neuronas, mis nervios… todo lo que sea que mapee mi cerebro, danzaba en la misma sintonía que otra persona. Veía personajes vivos, una historia viva que, en lugar de hacer una pasada superficial, conseguía dar vida a seres completamente diferentes, darles profundidad sin olvidarse de ninguno de ellos. Aquel mundo interno era rico. El más rico que había visto hasta entonces.
Creo que es difícil imaginar lo complicado que es encontrar a alguien tan afín y tan compatible y que, además, a pesar de todo lo que ocurre en eso que llamamos vida, aquí seguimos.
En este mundo nada es perfecto. Las personas crecemos, evolucionamos; los fantasmas del pasado nos persiguen: la cabeza se nos puede girar por salud mental, por traumas revividos, por perdernos y descubrir que en nuestro cerebro ha habitado algo más. Hemos tenido que lidiar con nuestras sombras, a veces dañando a otros; otras, haciéndonos daño a nosotros mismos. Pero lo importante de todo es aprender, compartir, comunicarnos, aplicarnos la autorreflexión, ser empáticos y que también lo sean con nosotros.
La libertad, la sintonía, la conexión como personas, la flexibilidad, la pasión por crear sin miedo y perdernos entre historias… y todas las vivencias compartidas, todo lo aprendido, tanto en lo bueno como en lo malo, han dado forma a lo que ahora podemos llamar Ijigen.
Ijigen fue el chisporrotazo que se originó hace ya algo más de veinte años.
Dos personas a las que nos ha costado admitir lo bien que se nos dan ciertas cosas (o que por lo menos, trabajamos en ello); a las que todo se nos ha hecho cuesta arriba entre el peso de una vida que nos saludó de culo, que no nos ha dejado florecer «a tiempo», y las heridas que hemos arrastrado por más años de los que deberían.
Y, si me permitís la osadía, diría que ni siquiera tendrían que haber estado ahí para empezar.
Ashes & Starlight es una de muchísimas historias que hemos confeccionado juntas, combinando lo mejor de cada una. Su concepto —del que nos encantará hablar en otra ocasión— nació hace más de diez años. La hemos rescatado y le hemos proporcionado una nueva historia; primero, para darle una estructura renovada y volver a disfrutarla; y segundo, para compartirla con vosotros.
También tenemos muchísimos proyectos más en el tintero.
Nos llevará tiempo. Ser adulto conlleva muchas responsabilidades y deja poco espacio para todo lo demás.
Sin embargo, podemos asegurar que cada una de nuestras obras está creada con un cariño y un mimo genuinos. No tenemos grandes pretensiones, ni esperamos que sean del gusto de todo el mundo.
Solo somos dos amigas de toda la vida. Dos mentes creativas que han decidido compartir aquello que más aman. Que, de alguna forma, en algún pequeño rincón, quede escrita nuestra pequeña huella.



