Reivindicar el mimo: nuestra resistencia editorial
Sobre por qué los libros ya no se miman y nuestra pequeña cruzada por recuperar el tiempo
Abrir un libro hoy a veces se siente como entrar en una casa construída con prisas: las juntas no encajan, el suelo cruje y la pintura se desconcha. Si hablamos de traducciones, tratan de deslumbrarnos con acabados bonitos en los que prima más el efecto que la calidad.
No vamos a ser nosotras las que nieguen mirar con ojitos ciertas ediciones; nos gusta lo bello, claro qe sí. Pero cuando al fin te sumerges en las páginas y, en el primer párrafo del primer capítulo, encuentras un error básico de corrección, sabes que la lectura no va a ser placentera. Hay libros que están escritos para incomodarnos1, revolvernos2, hacer que nos pique la piel… pero no por esa razón.

Imagina poner toda tu alma y esfuerzo en una historia para que, cuando llega a manos de quién te promete cuidarla, la abandona a su suerte y no le permite brillar como se merece. Esa sensación de traición, ya solo como escritoras, es aún más visceral cuando detrás se encuentran grandes sellos editoriales. Pasas de disfrutar la lectura a blandir un lápiz como si de un escalpelo se tratase, planteándote hasta qué punto merece la pena indignarte en nombre de otras. Porque no faltan profesionales que mimen los textos, no. Lo que falta es voluntad y, ante todo, paciencia.
En una actualidad en la que el tiempo corre en nuestra contra, que las novedades mueren antes de salir en un mercado ya saturado y los algoritmos mandan, un trabajo que debería llevar tiempo, cuidado y cariño se ve recortado y exprimido al mínimo indispensable. Los presupuestos por proyecto caen mientras nosotros pagamos más3 por una calidad cada vez más cuestionable en un formato llamativo.
Paradójicamente a los autories indie se nos exige muchísimo más que a esos grandes nombres, mientras se nos desprecia con facilidad por una supuesta «falta de calidad». Sin embargo, si miramos dentro de nuestras costuras, vemos que los textos reciben varias correcciones (y no solo de estilo y ortotipográfica), pasan por lectores alfa en ocasiones antes de que llegue a los beta y se someten al escrutinio de los ARC4 para pulir hasta el último error. A todo eso, se le suma el hecho de que nos ocupamos del marketing, de la contratación de ilustradores, diseñadores y/o correctores en muchos casos5, de la distribución en otros tantos… Somos, literalmente, todos los departamentos de nuestro propio sello editorial.
Sabiendo esto, ¿no es más indignante aún que los gigantes, con todos sus recursos, ofrezcan mucho menos y se les presuma un prestigio que no siempre honran en el papel?
La teoría dice que son necesarias, como mínimo, tres correcciones con tres pares de ojos diferentes. Estas a su vez deben estar controladas por el editor de mesa (que a su vez responde ante el editor) y, en ocasiones, el autor o el traductor, según su acuerdo con la editorial, también quiere formar parte. Pero cuando el plazo es de seis meses para todo el proceso desde la recepción del manuscrito hasta su distribución, hay pasos que se solapan o sencillamente desaparecen. La práctica rompe la teoría y el compromiso. El resultado son esos libros con puntuación creativa, errores de ortografía básicos, cambios de tiempo verbal o fuentes que bailan (entre muchos otros)
No hace mucho nos encontramos con la siguiente frase: «Es injusto acordarse del corrector cuando encontramos un fallo. ¿Qué hay de todo lo que se ha hecho bien?». Es verdad. Es injusto si hablamos de una errata aislada en un mar de aciertos. El problema no es el error humano, es la dejadez constante. Un error tras otro, página tras página tras página. Esa distracción continua que te saca de la historia.
Por eso en Ijigen rompemos una lanza a favor del tiempo, del cuidado, del mimo. De tratar nuestras historias con el honor que cada personaje se ha ganado a pulso después de sufrir todas las desgracias que les echamos encima y las que ellos mismos se buscan (que tienen vida propia da para otro post). Porque si ellos sufren en el papel, lo mínimo que podemos hacer nosotras es asegurarnos de que ese papel sea un refugio bien construido.
Lapvona de Ottessa Moshfegh es ese libro que te hace preguntarte qué coño estás leyendo y te provoca arcadas, mientras eres incapaz de dejar de leer.
Don’t let the forest in de C. G. Drews te deja pensando en el final incluso semanas después.
No necesitamos comprarlo todo: las bibliotecas están ahí. eBiblio tiene un gran abanico de opciones y se pueden hacer desideratas. Pero solo hace falta un paseo por una librería para darse cuenta de la degradación de la calidad. Papel más fino, texto que se borra…
Advanced Reader Copy. En español el equivalente sería «copia anticipada de lectura» o «copia para reseña». Son promocionales y pueden contener errores tipográficos o de formato ya que no son la edición final. Netgalley es la plataforma más conocida para este propósito.
En su defecto, aprendemos nosotras mismas con todo lo que eso conlleva.

