Ícaro al menos voló
Relato
[Este relato pertenece al universo de Ashes & Starlight]

De donde era no existía la buena suerte.
El distrito cuatro era uno de esos lugares que no salían en las guías turísticas, pero sí en las estadísticas: el nivel de pobreza, la alta criminalidad, la escasez de educación. La que en su día fue una de las colonias más prominentes, abanderada del progreso que permitió a los humanos sobrevivir en Marte, había tomado un camino completamente diferente a las demás. La prosperidad pasó de largo y en su lugar dejó un reguero de sueños rotos y una necesidad de supervivencia que lo impregnaba todo. Nunca dejaron de ser la fábrica y, aun así, no quedaba lugar para los humanos en ninguna de ellas, por lo que tuvieron que buscar formas más creativas para poner un plato en la mesa. Era la realidad más cercana a la que subyugaba la Tierra.
Se miraba con desconfianza a los forasteros y nunca se esperaba nada bueno de los que vivían en las colinas, ni siquiera cuando iban disfrazados de obras benéficas. Se esperaba que cualquier regalo se entregara envenenado, incluso el suyo, aun si todavía no había logrado descubrir su deuda.
Quizá ya la estaba pagando y no era siquiera consciente de ello. Se atrevió a soñar, a pensar que su futuro podría ser diferente, lejos de las torres en las que se apiñaban y el aire gris y acre que invadía sus pulmones. Probó el fruto prohibido de Artemis Cliff y se atragantó con sus semillas. La oportunidad había sido tan efímera que a veces dudaba de si fue siquiera real. Era un iluso; demasiado confiado, demasiado inocente. Demasiado tonto. Parecía mentira que no hubiera aprendido nada. Por eso sus alas prendieron aun antes de poder alzar el vuelo.
Y, aun así, lo que más le reconcomía era que sí podía considerar que tenía suerte. Al contrario que él, la criatura que crecía en su interior no conocería el abandono. No sabría lo que es diseccionar cada átomo de su ser empeñado en encontrar su tara, el fallo molecular por el que su padre nunca aceptó su existencia. No aprendería a una edad demasiado temprana a luchar solo contra los monstruos de su armario, porque no habría nadie en casa para acunar sus miedos y alejarlos de las sombras. No pasaría la vida cargando el rencor, ácido como la bilis, contra la sangre de su sangre. Nunca necesitaría preguntarse cómo de diferente sería su vida si la otra mitad de su naturaleza compartiera apellido.
Observaba desde la cocina la espalda del imponente alfa, una costumbre que había adquirido los últimos días. Parecía un rey: estoico, frío e implacable. Le había tomado más tiempo del que podría sentirse orgulloso darse cuenta de que se escondía tras un muro con el que chocaba una y otra vez, que aquella pena desconocida que lo rodeaba era lo que lo convertía en espinas y aristas cortantes. En el fondo no era un tirano, como se empeñaba en aparentar. Un poco cabrón sí, pero no es que él se quedase muy corto cuando le podía el genio. Eran las dos caras de la misma moneda. Ambos habían recibido golpes muy parecidos y, aun así, ninguno de ellos lo tenía fácil para ponerse en el lugar del otro. Lo que uno podía considerar soberbia era precaución, mientras que, en el contrario, el miedo se confundía con facilidad con el insulto. Se mordió el labio inferior al intentar reprimir una sonrisa. Lo cierto era que se lo había ganado con su humor retorcido y se preguntaba, a veces, cómo hubiera evolucionado la relación si el incidente nunca hubiera sucedido. Si, tras meses interactuando en la red social sin hablar nunca directamente, su primer mensaje privado no hubiera sido «Necesito hablar contigo, es importante». Si no se encontraran unidos a la fuerza después de haber fastidiado su compromiso —por muy paripé que fuera—, aunque Juniper nunca tuvo intención de pedir o exigir nada más que lo que a él negaron. Rhysard tenía mucha más decencia de la que decían las malas lenguas.
Lo único que necesitaba era que su hijo tuviera un padre presente, aun sin apellidos, aun sin estar juntos. En su lugar recibió protección, cuidado y un hogar. Uno en el que las primeras semanas sintió pánico de romper algo porque hasta los pomos de las puertas costaban más que su propia vida, pero que ya consideraba tan suyo como si siempre hubiera vivido ahí.
No podía odiarlo, a veces incluso ni seguir enfadado, aun si lo intentaba. Podía jurar que lo había intentado muchas veces.
Bufó con fuerza y soltó un quejido, llamando su atención a propósito. Se frotó el costado con una falsa mueca de dolor.
—Creo que está intentando un triple salto mortal, ¿quieres tocar?
No es que hubiera vida en Marte que pudiera limitarle los antojos y ahora mismo, además de las cerezas que había estado devorando y le pintaban los labios de rojo, sentía ansias de su calor, de sus manos firmes y suaves. Sabía que Rhysard, por más que quisiera aparentar no tener corazón, se volvía blando como un osito con su futuro hijo. Admitía que estaba haciendo trampas para tenerlo cerca, pero ¿qué era la vida si no se le echaba un poco de morro?


